La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —No, Jensen —trataba de contradecirle el irlandés—. TendrÃas también delirium. El viejo van Toch es all right, pero no debÃa llevar esos diablos por todo el mundo. ¿Sabes qué? Cuando llegue a casa, haré decir una misa por su alma. ¡Que me caiga muerto si no le mando a decir una misa, Jensen!
—En mi religión no se hacen esas misas —gruñó Jensen pensativo—. Qué crees tú, Pat, ¿ayudará el que digan una misa por alguien?
—¡Hombre! ¡No te lo puedes imaginar! —exclamó el irlandés—. Yo te podrÃa contar miles de casos en los que una misa fue la salvación. Hasta en casos dificilÃsimos. Contra los diablos y cosas parecidas, es el mejor remedio.
—Pues yo también haré decir una misa católica —decidió Jensen—, por el alma del capitán van Toch. Pero la haré decir aquÃ, en Marsella. Yo creo que en esa iglesia grande la dirán más barata, como a precio de fábrica.
—Quizás, pero las misas irlandesas son las mejores. En mi tierra, oye, hay sotanas del diablo[2] que saben hasta embrujar. Igual que los faquires o los paganos.
—Mira, Pat —dijo el sueco—, yo te darÃa doce francos para esa misa, pero tú eres tan bandido, hermano, que te los beberÃas.