La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Si el viejo Toch fuera all right, no llevarÃa por el mundo diablos. Y no los dejarÃa por todas las islitas, como chinches en colchón. Durante el tiempo que he estado con él, Jensen, ha llevado unos cuantos miles. El viejo Toch ha vendido su alma, hombre, y yo sé bien qué le dan los diablos a cambio: rubÃes, perlas y cosas parecidas. Ya te puedes figurar que gratis no lo harÃa, no seas inocente, Jensen.
Jensen se enfureció.
—¿Y qué te importa a ti? —gritó golpeando la mesa—. ¡Ocúpate de tus malditos asuntos!
El pequeño Dingle saltó del susto.
—Pero, hombre —tartamudeó confuso—, ¿qué te ha pasado tan de repente? Yo sólo digo lo que he visto, y si te empeñas, pues lo he soñado y en paz. Por ser tú, Jensen, si quieres diré que es delirium. ¡No quiero que te molestes conmigo, Jensen! ¡Si ya sabes que me ocurrió una vez en Frisco! «Un caso difÃcil», decÃan los doctores del Sailor Hospital. Hombre, ¡te juro que fue un sueño eso de los lagartos, o diablos, o lo que sean! En el barco no habÃa ninguno.
—Los habÃa, Pat —dijo sombrÃo el sueco—. Yo también los he visto.