La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Bueno —gruñó— sólo te digo una cosa, y es que ese alemán tuyo mete las narices donde no le importa. ¡Y yo te digo que no se lo aconsejo!
—Pues escrÃbeselo y en paz —sonrió el irlandés—. Y lo más seguro es dirigir la carta al infierno, creo que allà la recibirÃa antes o después. Lo más extraño es que el viejo van Toch va de vez en cuando a visitar a los lagartos en los sitios en que los desembarcó. ¡Te lo juro! Se hace llevar a tierra al anochecer y vuelve por la mañana. Dime tú, Jensen, qué irá a buscar allÃ. Y dime también qué es lo que envÃa en esos paquetes pequeños, que asegura a veces en mil libras esterlinas.
—¿Cómo lo sabes? —se enfureció Jensen.
—Uno sabe lo que sabe —añadió Dingle evasivo—. ¿Y sabes de dónde son esos lagartos? ¡De la BahÃa del Diablo! Del golfo del demonio, Jensen. Yo tengo allà un conocido, un agente muy culto, y él me dijo: «Escucha, ésos no son lagartos amaestrados, ¡qué va! Eso de que son animalitos, ¡que se lo cuenten a los niños de teta! No te dejes engañar, muchacho».
El señor Dingle guiñó intencionadamente los ojos.
—Asà es la cosa, Jensen, para que sepas. ¡A mà me vas a decir que el capitán van Toch es all right!
—¡Atrévete a decirlo otra vez! —carraspeó amenazador el sueco.