La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—¡Dios todopoderoso, Jensen! No sabes qué angustia sentía con todo eso. Bebía, oye, bebía como un loco… Y cuando por las noches andaban por todo el barco y hacían chiss, chiss… yo pensaba: «Muchacho, eso será la bebida». Ya me había ocurrido una vez en Frisco, tú lo sabes, Jensen. Entonces veía por todas partes arañas. Delirium, decían los doctores del Sailor Hospital. Así que no sabía qué pensar. Pero luego le pregunté a Big Bing si había visto también lagartos por las noches, y me dijo que sí. Decía que había visto con sus propios ojos cómo uno de los lagartos puso su pata delantera en el picaporte de la cabina del capitán, abrió la puerta y entró. No sé qué pensar, porque Joe también bebía terriblemente. ¿Crees que Joe también tendría delirium? ¿Qué te parece?

El sueco Jensen se encogió de hombros.

—Y Peter, el alemán, nos contó que en las islas Manihiki, cuando llevó al capitán a la orilla, se escondió tras las rocas y vio lo que hacía el viejo Toch. Decía que el viejo les dio un escoplo a los lagartos y éstos abrieron ellos solos las cajas. ¿Y sabes qué había en ellas? ¡Cuchillos, compañero! Unos cuchillos así de largos, arpones y cosas parecidas. Muchacho, yo a ese Peter no le creo mucho, porque lleva gafas en la nariz… Pero es extraño, ¿no te parece?

A Jensen se le marcaron las venas de la frente.


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