La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —«Ya tiene bastante», dijo Gregorio, y me tiró un cubo de agua a la cabeza. En Kotopo dejé el barco.
El señor Dingle escupió abundantemente.
—El viejo se interesaba más por esos bichos que por la gente. ¿Sabes que les enseñaba a hablar? ¡Te lo juro! Se encerraba con ellos y les hablaba durante horas y horas. Yo creo que los está amaestrando para el circo. Pero lo extraño es que después los suelta al agua. Se para en alguna maldita isla, va con un bote hasta la orilla y mide la profundidad, luego se mete en esos tanques, abre las esclusas y deja a esos bichos saltar al agua. ¡Muchacho! Saltan unos detrás de otros como focas amaestradas, siempre diez o doce de una vez. Y luego, por la noche, va el viejo Toch a la orilla con unas cajas. Lo que hay en ellas es un secreto. Luego continuamos el viaje. Ése es el caso del capitán van Toch, Jensen. Extraño, ¡muy extraño!
Los ojos del señor Dingle quedaron fijos un momento.