La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Si fuesen caimanes, hombre, no dirÃa nada. Yo también he llevado una vez serpientes a un parque zoológico, en Bandsermasin y ¡vaya si apestaban, señor mÃo! Pero estos lagartos, Jensen, son unos animales muy raros. Durante el dÃa estaban en esos tanques de agua que les habÃan preparado, pero por las noches salÃan: chap, chap, chap… Todo el barco se llenaba de ellos. Andaban sobre sus patas traseras y volvÃan completamente la cabeza para mirarle a uno… —el irlandés se santiguó—. Además, nos llamaban como las putas de Hongkong: chiss, chiss, chiss… Que Dios me perdone, pero yo creo que hay algo sucio en este asunto. Si no llega a ser por lo difÃcil que es encontrar trabajo, no hubiera durado allà ni una hora, Jensen, ¡ni una hora!
—Ajá —dijo Jensen—, ¿por eso vuelves con tu mamaÃta?
—En parte, sÃ. Uno tiene que beber como un condenado para poder soportar eso y, ya sabes, el capitán es un perro. ¡Hay que ver el escándalo que armó porque una vez le di un puntapié a un bicho de ésos! ¡Y con qué gusto, oye!, hasta le rompà el espinazo. Hubieras visto gritar al viejo… se puso azul, me agarró por el cuello y faltó poco para que me tirase al agua. Si no hubiera estado allà el compañero Gregorio, ¿lo conoces?
Jensen afirmó con la cabeza.