La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Deja que te cuente —se defendió Dingle— lo que hay de verdad en ese asunto, compañero. ¡He visto a esos bichos con mis propios ojos!
—Yo también —murmuró Jensen—. Casi negros, con un rabito, un metro sesenta de altura y andan sobre dos patas. Ya lo sé.
—Son repugnantes —se estremeció Dingle—, llenos de verrugas, oye. ¡Virgen santa! No los tocarÃa por nada del mundo. ¡Y deben de ser venenosos!
—¿Por qué, hombre? —respondió el sueco—. Yo he servido en muchos barcos que estaban llenitos de gente, en el over y lower dock. Hombres, mujeres y cosas parecidas, que bailaban y jugaban a las cartas. Y yo era allà fogonero… Y ahora dime tú, ¡estúpido!, ¿qué es más venenoso…?
Dingle escupió.