La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Sabes que hoy es sábado, ¿no? —gruñó Jensen—. ¿Y por qué mares has viajado?
—Una especie de vagabundeo —contestó Dingle evasivo—. Por todas las islas imaginables de allá abajo.
—¿Y de capitán?
—Un tal van Toch, holandés o algo parecido.
El sueco Jensen reflexionó un momento.
—El capitán J. van Toch. Con ése también navegué hace años, hermano. Barco: Kandong Bandoeng. LÃnea: del demonio al diablo. Gordo, calvo, y maldice hasta en malayo, para que surta más efecto. Lo conozco muy bien.
—¿Ya estaba entonces tan chalado?
El sueco Jensen negó con la cabeza.
—El viejo van Toch es all right, hombre.
—¿Llevaba sus lagartos en el barco?
—No —Jensen dudó un momento—. Algo he oÃdo hablar sobre eso, en Singapur. Un mentiroso decÃa no sé qué tonterÃas sobre eso.
El irlandés se sintió ofendido.
—No son tonterÃas, Jensen, es la pura verdad. Todo lo que te pueden haber contado sobre los lagartos es cierto.
—Aquél de Singapur también decÃa que era cierto —gruñó el sueco— y se ganó un golpe en la jeta —terminó victorioso.