La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El capitán J. van Toch y sus lagartos amaestrados
—¡Que me muera de repente si no eres Jensen! —dijo un hombre cierto dÃa en Marsella.
El sueco Jensen levantó la vista.
—Espera —dijo—, y no hables hasta que adivine de dónde te conozco. —Se puso una mano sobre la frente—. Seagull, no. Empress of India… no. Pernambuco, no. ¡Ya lo tengo! Vancouver. Hace cinco años en Vancouver, Osake-Line, Frisco. Y te llaman Dingle, sinvergüenza, y eres irlandés.
El hombre enseñó sus amarillentos dientes y afirmó:
—Right, Jensen. Y bebo toda clase de alcohol que se me presente. ¿De dónde sales?
Jensen señaló con la cabeza.
—Voy ahora en la lÃnea Marsella-Saigón. ¿Y tú?
—Tengo vacaciones —presumió Dingle—, asà que voy a casa, a ver en cuántos hijos me ha aumentado la familia mientras estaba fuera.
Jensen lo miró atentamente.
—¡Otra vez te han despedido!, ¿no es verdad? Por emborracharte en horas de trabajo y cosas parecidas… Si fueras a la YMCA[1] como yo, hombre…
Dingle exclamó con entusiasmo:
—¿Aquà hay YMCA?