La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El capitán van Toch comprendió el tremendo significado que tenÃan aquellas pocas palabras. Se puso rojo de alegrÃa y sólo pudo decir:
—Entonces, esos lagartos… ¿podré llevarlos también en su barco?
—¡Claro que sÃ!, pero, desde luego, no hable de ellos a nadie, por favor, la gente creerÃa que se ha vuelto loco… y yo también.
—¿Y puedo dejar aquà estas perlas?
—Puede.
—Yes, pero tengo que elegir dos perlas de las más bonitas para enviarlas a alguien.
—¿A quién?
—A dos redactores, muchacho. Yo… ¡caramba!, espera…
—¿Qué pasa?
—¡Mecachis!, ¿cómo se llamaban? —el capitán van Toch guiñó pensativo los ojos—. ¡Tengo una cabeza! Figúrate que no me puedo acordar del nombre de aquellos dos boys.