La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Harás muy bien, señor Bondy, sir. Los barcos están ahora baratÃsimos, puedes comprarte, por poco dinero, todo un puerto lleno si quieres…
El capitán van Toch comenzó a hacer una explicación técnica sobre dónde y a qué precios habÃa barcos para la venta, boats y tank-steamers. G. H. Bondy no lo escuchaba; sólo lo contemplaba en silencio, porque G. H. Bondy sabÃa conocer a la gente. Ni por un momento tomó en serio los lagartos del capitán van Toch, pero él, como marino, valÃa la pena. Un hombre honrado a carta cabal, sÃ, y conocedor de las condiciones reinantes en aquellos parajes. Un loco, desde luego, pero terriblemente simpático. En el corazón de G. H. Bondy vibró una especie de cuerda fantástica. Un barco con perlas y café, un barco con especias y todos los aromas de Arabia. G. H. Bondy sentÃa cierta sensación, que experimentaba siempre antes de tomar alguna decisión afortunada, una sensación que no podÃa explicarse con palabras. «No sé por qué, pero seguramente emprenderé este negocio», se dijo. Mientras tanto, el capitán van Toch dibujaba en el aire, con sus inmensas manazas, barcos y awning-decks o quarter-decks, formidables barcos, muchacho…
—¿Sabe qué, capitán van Toch? —dijo de pronto G. H. Bondy— venga usted dentro de quince dÃas. Volveremos a hablar sobre su barco, ¿le parece bien?