La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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G. H. Bondy estaba confuso.

—Lo siento muchísimo, capitán —comenzó a decir dudando—, pero yo… en realidad… no sé…

Los ojos del capitán van Toch se llenaron de lágrimas. —Eso no me gusta, muchacho. Yo te dejaría aquí todas estas perlas como garantía por el barco, pero yo no puedo comprarlo solo. Sé de uno muy apropiado que hay en Rotterdam… con motor diesel.

—¿Por qué no le ofreció ese negocio a algún holandés?

El capitán movió la cabeza.

—Conozco a esa gente, muchacho. Con ellos no puede uno hablar de estas cosas. Yo podría, además, llevar en el barco toda clase de mercancías, señor, y las vendería por aquellas islas. Yes, eso podría hacerlo muy bien. Tengo allí muchísimos conocidos, señor Bondy. Y, al mismo tiempo, en esa especie de tanque transportaría a mis lagartos…

—Eso ya sería otra cosa —reflexionó el señor Bondy—. Precisamente… Sí, tenemos que buscar nuevos mercados para nuestra industria. Sobre este punto he hablado, últimamente, con algunas personas… Me gustaría comprar un par de barcos: uno para la América Latina y el otro para esos países orientales…

El capitán se animó.


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