La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Acabo de comprender qué es lo que usted me propone —exclamó inseguro el señor Bondy.
—Llevar a los tapa-boys a otras islas donde haya perlas —exclamó finalmente el capitán—. He observado que esos lagartos no pueden atravesar sin ayuda las olas ni el mar profundo. Tienen que nadar un poco y andar otro rato por el fondo, pero en los lugares profundos hay demasiada corriente, ¿sabe?, y como son tan blandos… Pero si yo tuviera un barco en el que se pudiese hacer para ellos una especie de tanque, podrÃa llevarlos donde quisiera, ¿me comprende? Ellos buscarÃan perlas, y yo viajarÃa y les llevarÃa cuchillos, arpones y todo lo que les hiciera falta. Esos pobrecitos de la BahÃa del Diablo se dividieron… ¿cómo se dice?
—Multiplicaron.
—Yes, eso es, se multiplicaron tanto que pronto no tendrán ni qué comer. Se tragan los pececitos pequeños y los moluscos, y todos esos bichitos marinos, pero también pueden comer patatas y galletas, todas esas cosas corrientes. Por eso no serÃa difÃcil alimentarlos en esa especie de tanques de los barcos. Y yo, en un sitio apropiado donde no hubiese mucha gente, los soltarÃa al agua de nuevo y harÃa allà una especie de… granjas para mis lagartos. Me gustarÃa que los pobres animalitos se pudiesen ganar la vida, porque, ¡son tan simpáticos y listos, señor Bondy! Pues bien, éste es el gran negocio que yo habÃa imaginado.