La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Me refiero a los naturales de aquella islita. Ellos creen que los tapa-boys son diablos, y les temen. Cuando vieron que yo hablaba con los «diablos» me quisieron matar sin más ni más. Noches enteras estuvieron tocando una especie de campana, para alejar a aquellos diablos de su aldea. HacÃan un ruido terrible, señor. Y luego, por las mañanas, querÃan que yo les pagase por todo el jaleo que habÃan armado. Según decÃan, por el trabajo que les daban los demonios. ¿Qué podÃa hacer? Los batacos son unos grandÃsimos ladrones. Pero con esos tapa-boys, sir, con esos lagartos, se podrÃa hacer un magnÃfico negocio, y muy honrado. Asà es, señor Bondy, ¡un buen negocio!
G. H. Bondy creÃa estar soñando.
—¿Comprarles perlas?
—Yes. Pero es que en la BahÃa del Diablo ya no queda ni una, y en las otras islas no hay tapa-boys. Y ahora entramos en el asunto, jovencito.
El capitán J. van Toch alzó su rostro triunfalmente.
—Ése es, precisamente, el negocio que tengo metido en la cabeza. Muchacho —dijo haciendo chasquear sus dedos en el aire—, ¡esos lagartos se han multiplicado enormemente desde que tienen medios para protegerse! Ahora pueden defenderse ellos solitos, ¿sabe usted? Y cada vez habrá más. ¿Qué le parece, señor Bondy? ¿No cree que serÃa un magnÃfico negocio?