La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Aquà las tengo —dijo, y vació el contenido sobre la mesa. HabÃa más de mil perlas de todos los tamaños, pequeñitas como semillas, grandes, grandÃsimas como guisantes y, algunas, del tamaño de cerezas. Perlas perfectas como gotas de agua, perlas deformes, perlas plateadas, azuladas, color carne, amarillentas, de tonalidades oscuras y rosadas. G. H. Bondy estaba como extasiado, no podÃa evitarlo; necesitaba tocarlas, hacerlas rodar con las yemas de sus dedos, taparlas con sus dos manos…
—¡Qué maravilla, capitán! —exclamó—. ¡Parece un sueño!
—Yes, sir —dijo el capitán sin alterarse lo más mÃnimo—. Son bonitas. Y en un año que estuve con ellos, mataron 30 tiburones. Aquà está escrito —dijo golpeándose el bolsillo de la chaqueta—. ¡Hay que ver la de cuchillos que ya les he dado! Y unos cinco arpones. Esos cuchillos me cuestan unos dos dólares americanos la unidad. Son muy buenos cuchillos, muchacho, de ese acero que no se…
—Inoxidable.
—Eso es. Porque son cuchillos para usarlos bajo el agua, quiero decir, en el mar. Y aquellos batacos también me costaron un dineral.
—¿Qué batacos?