La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Yes, lleno de heridas de arpón —el capitán bebió con avidez—. Ésta es la pura verdad, señor Bondy. Entonces fue cuando hice una especie de contrato con aquellos tapa-boys, es decir, les di mi palabra de honor de que, si me traÃan madreperlas, yo les darÃa arpones y knives, quiero decir, cuchillos para que pudieran defenderse, ¿comprende? Era un negocio justo, señor. ¿Qué remedio queda? Uno ha de ser honrado hasta con los animales. Y también les di alguna madera y dos wheelbarrows.
—Carretillas.
—SÃ, unas carretillas para que pudiesen acarrear las piedras hasta su dique. Los pobrecitos tenÃan que llevarlas en las manos, ¿sabes? En fin, les di una gran cantidad de cosas, porque yo no querÃa estafarlos, eso no. Espera, muchacho, te voy a enseñar algo.
El capitán van Toch se sostuvo con una mano el enorme vientre y, con la otra, sacó una bolsita de tela del bolsillo del pantalón.