La krakatita
La krakatita —Porque… porque las tengo tan destrozadas —dijo Prokop, y el pobre se sonrojó.
—Justo eso es tan hermoso —susurró Anči bajando la mirada.
—A comeeeer, a comeeeer —anunció Nanda frente a la casa.
—Dios, ya —suspiró Anči, y se incorporó a regañadientes.
Después de la comida el doctor se echó un rato, sólo un poquito.
—Sabe —se disculpó—, he estado toda la mañana trabajando como una mula —y en seguida empezó a roncar con regularidad y diligencia. Se sonrieron mutuamente con los ojos y salieron de puntillas; incluso en el jardín hablaban en voz baja, como si veneraran su profundo sueño.