La krakatita
La krakatita Prokop frunció el ceño por los recuerdos, dolorosamente inesperados. «Es verdad, aquí está esta cicatriz que atraviesa mi mano. Y después intenté encender la luz, pero las bombillas habían reventado. Luego empecé a palpar todo, a tientas, para descubrir qué es lo que había pasado: la mesa estaba llena de cascos, y ahí, donde estaba trabajando, había una chapa de cinc arrancada de la mesa, retorcida y totalmente achicharrada, y una tabla de roble rajada, como si la hubiera alcanzado un rayo. Y después encontré esa caja de porcelana, y estaba entera, y sólo entonces me asusté. Eso, sí, eso, en efecto, era la krakatita. Y después…».
Prokop ya no podía aguantar sentado; pasó por encima de los nenúfares esparcidos por el suelo y corrió por el jardín mordiéndose los dedos, totalmente agitados. «Luego corrí hacia alguna parte, a través del campo, de los sembrados, caí desplomado unas cuantas veces, dios, ¿dónde ocurrió exactamente?». Allí se cortaba definitivamente la secuencia de recuerdos; lo único que era indudable era aquel horrible dolor bajo los huesos frontales y cierto incidente con la policía.