La krakatita

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«Luego hablé con Jirka Tomeš y fuimos a su casa; no, fui allí en carruaje. Estaba enfermo y él me atendió. Jirka es buena persona. Por dios, ¿qué ocurrió a continuación? Jirka Tomeš dijo que venía aquí, a casa de su padre, pero no ha venido. Veamos, esto es extraño; mientras yo estaba durmiendo o… En ese momento sonó un timbrazo corto y delicado; fui a abrir, y en el umbral había una muchacha con la cara cubierta por un velo».

Prokop soltó un gemido y se cubrió el rostro con las manos. Ni siquiera era consciente de que estaba sentado en el banco donde esa misma noche se había visto obligado a acariciar y apaciguar a otra persona. «"¿Vive aquí el señor Tomeš?", preguntó sofocada. Seguramente había venido corriendo, tenía el abrigo de piel cubierto de gotas de lluvia, y de repente, de repente levantó la mirada…».

El sufrimiento casi hizo aullar a Prokop. La estaba viendo como si hubiera sido ayer: sus manos, manos pequeñas en unos guantes ajustados, el rocío de su respiración sobre el grueso velo, su mirada limpia y llena de pesar; hermosa, triste y valerosa. «Usted lo salvará, ¿verdad?». Ella lo miró muy de cerca con ojos serios, perturbadores, apretujando en sus manos un paquete, un abultado sobre lacrado varias veces; lo apretaba contra el pecho con sus manos agitadas e intentaba controlarse por todos los medios…


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