La krakatita
La krakatita De un salto, salió corriendo a su habitación y desparramó el contenido de los cajones. «No está, no está, no aparece por ninguna parte». Por vigésima vez cogió sus cuatro bártulos, carta por carta, uno por uno; después se sentó en medio de aquel horrible desorden como sobre las ruinas de Jerusalén, y se exprimió la cabeza. Bien lo cogió el doctor, bien Anči, o bien la risueña Nanda; no cabía otra posibilidad. Cuando dedujo esto de un modo tan incontrovertible como detectivesco, sintió cierto malestar, cierta confusión, y, como en un sueño, se dirigió a la chimenea, metió la mano muy dentro y sacó… el paquete extraviado. Tenía la indefinida sensación de que lo había puesto allí él mismo, en algún momento, cuando todavía no estaba… totalmente sano. Recordaba vagamente que en aquel estado de desfallecimiento y delirio lo tuvo constantemente en la cama y que ardía en cólera cuando se lo quitaban; y que, a la vez, le tenía un miedo terrible, porque asociaba a él una intranquilidad y una angustia torturantes. Evidentemente lo escondió allí de sí mismo, con la astucia de un loco, para tener tranquilidad. Por otra parte, el diablo sabrá de los misterios del subconsciente. Ahora lo tenía ante él, ese sobre grueso atado con cuerda y con cinco lacres, y en él estaba escrito: «Para el señor Jiří Tomeš». Intentó deducir algo más personal de aquella escritura madura y firme, pero en vez de eso vio a la chica del velo estrujando el paquete entre sus temblorosos dedos (ahora, ahora levanta la mirada de nuevo…). Olisqueó ansioso el paquete: desprendía un olor débil y remoto.