La krakatita
La krakatita Lo colocó en la mesa y dio vueltas a su alrededor. Tenía muchísimas ganas de saber qué había en el interior, bajo los cinco lacres; seguro que era un secreto importante, alguna situación decisiva y acuciante. Sin embargo ella dijo que… que lo hacía por otra persona; pero estaba tan inquieta… Ella, ni más ni menos, ella amaba a Tomeš: era algo increíble. «Tomeš es un rufián», constató con hosca rabia; «siempre tuvo suerte con las mujeres, el muy cínico. Bien, lo encontraré y le entregaré este romántico envío; y después, se acabó…». De repente ató cabos: ¡había algún tipo de relación entre Tomeš y ese, cómo se llamaba, ese condenado Carson! «Nadie tenía ni tiene conocimiento de la krakatita; sólo Tomeš, Jirka, la ha descubierto dios sabe cómo…». Una nueva escena se intercaló espontáneamente en la confusa película de su memoria: de algún modo él, Prokop, farfullaba en medio de la fiebre (se trataba seguramente del piso de Tomeš), y él, Jirka, se inclinaba sobre Prokop y apuntaba en un cuaderno. «¡Seguro, sin duda, era mi fórmula! ¡Me fui de la lengua, me lo sonsacó, me lo robó y se lo vendió al tal Carson!». Prokop se quedó anonadado ante semejante ruindad. «¡Dios, y a ese individuo le ha tocado en suerte una chica así! Si hay algo en el mundo que está claro, es lo siguiente: ¡que es imprescindible salvarla, cueste lo que cueste! Bien, en primer lugar debo encontrar al ladrón de Tomeš; le daré el paquete lacrado y, de paso, le partiré los dientes. Además, lo tendré en mis manos: tendrá que decirme el nombre y la dirección de esa muchacha y comprometerse… No; nada de promesas por parte de semejante canalla. Pero iré a verla y le contaré todo. Y después desapareceré de su vista para siempre».