La krakatita
La krakatita —AnÄŤi —Prokop rompiĂł por fin el angustioso silencio—, volverĂ©. Yo… en unos cuantos dĂas… Esto es un asunto importante. Uno… tiene que pensar al fin y al cabo… en su profesiĂłn. Y tiene, sabe, ciertas… ciertas obligaciones… —(¡Dios, vaya forma de meter la pata!)—. Entienda que… Sencillamente tengo que hacerlo —gritĂł de repente—. PreferirĂa morir a no ir, Âżentiende?
AnÄŤi hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza. Ay, si la hubiera inclinado más, su cabeza habrĂa, ¡bum!, caĂdo sobre la mesa en medio de un sonoro llanto; pero de aquel modo sĂłlo se le llenaron los ojos de lágrimas, y lo demás podĂa tragárselo.
—AnÄŤi —murmurĂł Prokop—, ni siquiera voy a despedirme; mire, no merece la pena; en una semana, en un mes estarĂ© aquĂ de nuevo… Bueno, mire… —no podĂa mirarla; estaba sentada como ausente, con los brazos desmadejados, la mirada perdida y la nariz hinchada por el llanto reprimido; daba pena verla—. AnÄŤi —intentĂł de nuevo, y otra vez se dio por vencido. Aquel Ăşltimo instante junto a la puerta le pareciĂł interminable: tenĂa la sensaciĂłn de que debĂa decir o hacer algo más, pero en lugar de eso alcanzĂł a pronunciar algo como «hasta la vista», y se marchĂł a hurtadillas.