La krakatita
La krakatita Apenas hubo encendido una cerilla, ya pudo comprobar que le habían desvalijado la casa del modo más metódico. En efecto, habían dejado el edredón y ese tipo de trastos; pero todos los frascos, botes y tubos de ensayo, las trituradoras de piedra, los morteros, las probetas y el instrumental, las espátulas y la balanza, toda su primitiva cocina química, todo lo que contenía sustancias experimentales, todo en lo que podía quedar algún residuo o capa de productos químicos, todo había desaparecido. Ni rastro de la caja de porcelana llena de krakatita. Abrió de un tirón el cajón de la mesa: todas sus notas y apuntes, cada fragmento de papel garabateado, hasta el más mínimo recuerdo de esos doce años de experimentos, todo lo había guardado allí. Incluso habían rascado del suelo las manchas y huellas de su trabajo, y su bata de laboratorio, esa saya vieja, manchada, totalmente costrosa por los compuestos químicos, había desaparecido. Se le hizo un nudo en la garganta por un acceso de llanto. «¡Así que esto, esto es lo que me han hecho!».