La krakatita
La krakatita —¡Guerras! ¿Piensa que va a evitarlas? ¡Bah! Venda y no se preocupe de nada. Usted es un erudito… ¿Qué le importan a usted los demás? ¡Guerras! Venga, no sea ridÃculo. Mientras los hombres tengan uñas y dientes…
—No la venderé —murmuró Prokop entre dientes. El señor Carson se encogió de hombros.
—Como quiera. Ya lo descubriremos nosotros solos. O Tomeš. Da lo mismo.
Durante un momento se hizo el silencio.
—A mà me da igual —dijo por fin Carson—. Si le resulta más agradable, iremos con ella a Francia, a Inglaterra, a donde quiera, incluso a China. Nosotros dos, ¿sabe? Allà nadie nos pagarÃa. SerÃa usted un idiota si la vendiera por veinte millones. ConfÃe en Carson. ¿Y bien?
Prokop negó rotundamente con la cabeza.
—Tiene carácter —sentenció el señor Carson con admiración—. Tiene todo mi respeto. Es algo que me encanta. Escuche, le diré algo. El más absoluto secreto. Sellémoslo con un apretón de manos.
—No voy a preguntar por sus secretos —gruñó Prokop.
—Bravo. Un hombre discreto. Es usted de los mÃos, caballero.