La krakatita
La krakatita —Bueno —dijo—, si se trata únicamente de eso… Podemos convocar para usted a las Naciones Unidas, a la Unión Postal Universal, al Congreso EucarÃstico o a quién diablos quiera. Para que su alma quede en paz. Yo soy danés y hago caso omiso de la polÃtica. SÃ. Y usted va a dejar la krakatita en manos de una comisión internacional. ¿Qué le pasa?
—Yo… he estado enfermo durante mucho tiempo —se disculpó Prokop, de repente lÃvido como la muerte—. Aún no me… encuentro… bien. Y… y… no he comido en dos dÃas.
—Es la debilidad —dijo el señor Carson. Se sentó junto a él y lo sujetó por los hombros—. Se le pasará en seguida. Vendrá a Balttin. Es una tierra muy saludable. Después puede ir a buscar al señor Tomeš. Estará podrido de dinero. Será a big man. ¿Y bien?
—Sà —susurró Prokop como un niño pequeño, y se dejó acunar ligeramente.
—AsÃ, asÃ. Demasiada tensión, ¿sabe? No es nada. Lo más importante… lo más importante es el futuro. Amigo, las ha pasado canutas, ¿eh? Es usted un valiente. Hala, ya va todo mejor. —El señor Carson fumaba pensativo—. Un futuro increÃblemente fabuloso. Ganará un montón de dinero. A mà me dará el diez por ciento, ¿de acuerdo? Es ya una costumbre en el ámbito internacional. Carson también necesita…