La krakatita
La krakatita —Está claro —dijo finalmente—. La krakatita debe cambiar de manos.
—¡Nnno! ¡Nunca!
—Debe cambiar de manos. Sencillamente por el hecho de que es… la clave para descifrar el misterio. Es más que urgente, caballero. Por todos los diablos, entréguesela a quien quiera, pero no dé más rodeos. Désela a los suizos, o a la federación de solteronas o a la bruja Piruja; se devanarán los sesos durante medio año antes de comprender que usted no está loco. O dénosla a nosotros. En Balttin ya han construido una máquina, sabe, un aparato receptor. ImagÃnese… explosiones infinitamente rápidas de partÃculas microscópicas de krakatita. El detonador es una corriente desconocida. En cuanto allÃ, en algún sitio, la conecten, se desencadenará todo el asunto: trrr ta ta trrr trrr ta trrr ta ta ta. Y ya está. Se descifra, y punto. ¡Si tan sólo tuviéramos krakatita!
—No se la daré —dijo con dificultad Prokop, cubierto de sudor frÃo—. No le creo. Ustedes… ustedes fabricarÃan la krakatita sólo para sà mismos.
El señor Carson tan sólo elevó una comisura de los labios.