La krakatita
La krakatita —N-no.
—Pues le diré que esto me asusta. Palabra de honor, es para hacérselo encima. La krakatita… es una cosa condenada. Esa estación desconocida es aún peor. Y si ambas cosas cayeran en las mismas manos, entonces… con todos mis respetos: entonces el señor Carson hace las maletas y se marcha con los antropófagos de Tasmania. Sabe, no me gustarÃa ver el fin de Europa.
Prokop sólo podÃa retorcerse las manos entre las rodillas.
—Dios, dios —susurraba para sà mismo.
—Pues sà —opinó Carson—. Tan sólo me sorprende, sabe, que hasta ahora no haya saltado por los aires… algo grande. Basta con que se apriete una palanca en algún lugar… y a un par de miles de kilómetros de distancia… ¡bum! Y ya está. ¿A qué están esperando todavÃa?
—Está claro —dijo Prokop febril—. No se debe permitir que la krakatita cambie de manos. Y Tomeš, se debe impedir que Tomeš…
—El señor TomeÅ¡ —objetó rápidamente Carson—, venderá la krakatita al mismÃsimo diablo, si se la paga. En estos momentos el señor TomeÅ¡ es uno de los mayores peligros mundiales.
—¡Maldita sea! —musitó Prokop desesperado—. Entonces, ¿qué vamos a hacer?
El señor Carson mantuvo un largo silencio.