La krakatita
La krakatita Prokop, fuera de sÃ, dio un salto.
—¿Có-cómo que…?
—La krakatita. Noventa gramos y treinta y cinco decigramos. Todo lo que nos quedaba.
—¿Qué hicieron con ello? —se enfureció Prokop.
—Experimentos. Ahorrábamos krakatita como… como si fuera un bien muy preciado. Y una noche…
—¿Qué?
—Desapareció. Con caja de porcelana incluida.
—¿Robada?
—SÃ.
—¿Y quién… quién…?
—Por supuesto, los marcianos —dijo haciendo una mueca el señor Carson—. Por desgracia con la ayuda terrÃcola de un técnico de laboratorio que se ha esfumado. Naturalmente, con la cajita de porcelana.
—¿Cuándo ocurrió?
—Bueno, justo antes de que me enviaran aquÃ, a buscarlo a usted. Un hombre inteligente, ese sajón. No dejó ni el polvillo. Sabe, por eso he venido.
—¿Y usted cree que ha llegado a manos de esos… esos desconocidos? —El señor Carson sólo resopló—. ¿Cómo lo sabe?
—Se lo aseguro. Escuche —dijo el señor Carson balanceándose sobre sus cortas piernecillas—, ¿tengo aspecto de ser un cobarde?