La krakatita

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El señor Carson parloteaba alegremente, pero no dijo nada sobre lo que había ocurrido o sobre lo que iba a ocurrir. Fueron a través del parque, le señalaba aquí un valioso tipo de Amorphoyhallus, allí cierta variedad japonesa del cerezo; y ahí se podía ver ya el palacio balttiniano, todo cubierto de enredadera. Junto a la entrada esperaba un anciano silencioso y delicado con guantes blancos, llamado Paul, que condujo a Prokop directamente a sus «aposentos de caballero». Prokop no se había alojado en un sitio semejante en toda su vida: entarimado, estilo imperio inglés, todo antiguo y de gran valor, hasta el punto de que temía sentarse. Y antes de que pudiera lavarse, allí estaba Paul con huevos, una botella de vino y una copa temblorosa. Lo colocó todo en la mesa con gran delicadeza, como si estuviera sirviendo a una princesita. Bajo las ventanas se extendía un patio recubierto de arena dorada. Allí, un caballerizo con botas de caña alta entrenaba con riendas largas a un gran caballo ruano. Junto a él, de pie, se encontraba una esbelta muchacha morena; con los ojos entornados seguía el galope del caballo y daba breves órdenes, tras lo cual se arrodilló y empezó a palpar los cascos del caballo.





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