La krakatita

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El señor Carson entró de nuevo como un vendaval; por lo visto tenía que presentar a Prokop al director general. Lo acompañó por un largo pasillo blanco con las paredes cubiertas de cornamentas y bordeado de sillas negras talladas. Un lechuguino sonrosado con guantes blancos abrió una puerta ante ellos, el señor Carson empujó a Prokop al interior, a una especie de sala de recepción, y se cerró la puerta. Junto a un escritorio había un anciano alto, erguido de forma extraña, como si acabaran de sacarlo del armario y de prepararlo para el recibimiento.

—El señor ingeniero Prokop, Su Alteza Serenísima —dijo el señor Carson—. El príncipe Hagen-Balttin.

A Prokop se le agrió el gesto y sacudió con enojo la cabeza; evidentemente ese movimiento era lo que consideraba una reverencia.

—Sea… usted… bienvenido —dijo el príncipe Hagen dándole la mano. Prokop sacudió de nuevo la cabeza—. Es-pero que… esté… a gusto… con nosotros —continuó el príncipe, y Prokop se percató de que estaba afectado de hemiplejía—. Tenga… la bondad… de honrar-nos… con su pre-sencia… en la mesa —dijo el príncipe con evidente preocupación por que no se le cayera la dentadura postiza. Prokop no paraba de mover los pies con nerviosismo.


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