La krakatita
La krakatita —Tenga la bondad de disculparme, Alteza —empezó a decir por fin —, pero no puedo entretenerme aquÃ; yo… yo debo hoy mismo…
—Imposible, sencillamente imposible —prorrumpió el señor Carson a su espalda.
—Debo despedirme hoy mismo —repitió Prokop con tozudez—. Tan sólo querÃa… pedirles que me dijeran dónde está TomeÅ¡. Llegado el caso… estarÃa dispuesto a ofrecerles a cambio… llegado el caso…
—¿Cómo? —exclamó el prÃncipe, mirando con los ojos fuera de las órbitas al señor Carson y sumido en el más absoluto desconcierto—. ¿Qué… quiere?
—Deje eso por el momento —susurró el señor Carson al oÃdo de Prokop—. El señor Prokop tan sólo quiere decir, Alteza, que no estaba preparado para su invitación. No importa —se dirigió con viveza a Prokop—. Lo he dispuesto todo. Hoy se celebrará un déjeuner en el césped, asà que… nada de traje negro; puede acudir tal y como está. He telegrafiado para que venga un sastre; no hay de qué preocuparse, caballero. Mañana todo estará en orden. SÃ.
Ahora era Prokop el que tenÃa los ojos como platos.
—¿Cómo que un sastre? ¿Qué significa esto?
—Será… un gran honor… para no-sotros —el prÃncipe dio por terminada la conversación y extendió hacia Prokop unos dedos cadavéricos.