La krakatita
La krakatita Prokop, en silencio, salió pitando tras él con los puños apretados, serio y aterrador como Áyax. Jadeaba, ya casi sin aliento, cuando de repente, al echar un vistazo, se dio cuenta de que desde la escalinata de palacio, con los ojos entornados, seguía su carrera la amazona morena. Se avergonzó lo indecible, se detuvo y en cierto modo se asustó, no fuera a ser que ahora esa muchacha se acercara a tocarle los cascos.
El señor Carson, repentinamente serio, caminó lentamente hacia él con las manos en los bolsillos y dijo en tono amistoso:
—Entrena poco. No debería pasarse el día sentado. Hay que ejercitar el corazón. Sí. ¡Aah —profirió exultante—, nuestra soberana, haholihoo! La hija del viejo —añadió en voz baja—. La princesa Wille, es decir, Wilhelmina Adelhaida Maud, etc., etc. Una chica interesante, veintiocho años, una amazona excepcional. Debo presentársela —dijo en voz alta, y arrastró a Prokop, que se resistía, hasta la muchacha—. Su Alteza, princesa —llamó desde lejos—, aquí le presento (hasta cierto punto en contra de su voluntad) a nuestro invitado. El ingeniero Prokop. Una persona terriblemente iracunda. Quiere matarme.
—Buenos días —dijo la princesa, y se dirigió al señor Carson—: ¿Sabe que Whirlwind tiene una cuartilla inflamada?