La krakatita
La krakatita Fue, por tanto, por donde le habían marcado el camino. Allí ya no había almacenes de munición, sino pequeñas edificaciones de cemento numeradas, evidentemente laboratorios de experimentación o similares, dispersos entre taludes de arena y pinares. Su camino se desvió hacia la casa, totalmente aislada, V, 7, y hacia ella se dirigió. En la puerta había un rótulo de latón: «Ing. Prokop». Prokop abrió la cerradura con la llave que le había dado Carson y pasó al interior.
Había allí un laboratorio de explosivos equipado de un modo ejemplar, tan moderno y completo que a Prokop se le cortó la respiración por la alegría propia de un experto. Su vieja bata colgaba de un clavo, en un rincón había un catre militar, como en Praga, y en los anaqueles de un escritorio lujosamente abastecido reposaban, ordenados con esmero y catalogados, todos sus artículos impresos y sus notas escritas a mano.