La krakatita

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—¿Más? —dijo entre dientes. Prokop negó con la cabeza. Entonces aquel tipo se puso a limpiarle el traje con un pañuelo horriblemente sucio.

—Barro —señaló, y lo frotó del modo más radical—. ¿Regresamos? —dijo finalmente, y señaló la portezuela verde. Prokop asintió débilmente. El hombre de la pipa lo condujo entonces de vuelta hasta la vieja muralla y se agachó, apoyando las manos en las rodillas—. Trepe —ordenó secamente. Prokop se subió a sus hombros, el hombre se irguió y exclamó—: ¡Hop!

Prokop se agarró a una rama que sobresalía y se encaramó a la muralla. Estaba a punto de echarse a llorar de vergüenza.

Y además, además de todo eso: cuando subía a hurtadillas por las escaleras de palacio hacia su habitación «de caballero», lleno de arañazos y de hinchazones, cubierto de barro, en un estado lamentable y humillado, se encontró con la princesa Wille. Prokop intentó fingir que no era él o que no la conocía, o algo por el estilo; en resumen, no la saludó y corrió hacia arriba como un monumento de barro. Y mientras pasaba como una exhalación junto a ella, captó su mirada, asombrada, altiva, verdaderamente insultante. Prokop se detuvo como si lo hubieran golpeado.


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