La krakatita
La krakatita Y asà fue, a excepción de una circunstancia: que la portezuela estaba entreabierta. Se inquietó: o bien alguien acababa de salir por ella, o bien iba a volver. En cualquiera de los dos casos, habÃa alguien cerca. Entonces, ¿qué podÃa hacer? Prokop tomó una decisión rápida, dio un puntapié a la puerta y salió resuelto a la carretera. Y ciertamente habÃa allà un hombre no demasiado grande con una gabardina, merodeando y fumando en pipa. Asà que se quedaron de pie, uno frente a otro, algo confusos, sin saber qué hacer ni quién lo harÃa primero. Pero comenzó Prokop, más rápido de reflejos. Tras escoger con la rapidez del rayo y entre varias posibilidades la vÃa de la violencia, se abalanzó sobre el hombre de la pipa, y con una testarada de fuerza bruta, como un carnero, lo hizo caer inmediatamente al barro. Entonces lo inmovilizó contra el suelo sujetándolo por el pecho y los codos, ligeramente asombrado y sin saber qué hacer con él a continuación: no podÃa estrangularlo como a una gallina… El hombre que se encontraba bajo él ni siquiera soltó la pipa, y evidentemente estaba esperando.
—RÃndete —resopló Prokop, pero en ese instante recibió un rodillazo en la tripa y un puñetazo en la mandÃbula, y rodó hasta una zanja.
Se levantó, aguardando un nuevo golpe, pero el hombre de la pipa se quedó tranquilamente en la carretera, observándolo.