La krakatita
La krakatita Prokop se dirigió lentamente hacia palacio por el camino por el que había venido. En el parque no se veía ni un alma, una ligera lluvia caía susurrante sobre las copas de los árboles, en palacio habían encendido las luces y un piano tronaba en la penumbra con orgullo victorioso. Prokop se encaminó hacia la parte desierta del parque, entre la salida principal y la terraza. Estaba cubierta de malas hierbas hasta el punto de ser intransitable. Prokop se hundió en la maleza húmeda como un jabato, escuchando a ratos y abriéndose paso de nuevo por la crepitante espesura. Allí estaba, por fin, el límite de aquella jungla, donde los matorrales se inclinaban por encima de la antigua muralla, de no más de tres metros de altura en aquel lugar. Prokop se agarró al ramaje que sobresalía para bajar por él; pero las ramas se partieron con un fuerte chasquido bajo su peso, excesivo, como cuando se dispara una pistola, y Prokop fue a caer con gran estrépito sobre un montón de basura. Se quedó sentado con el corazón latiéndole a cien por hora: «Ahora vendrá alguien a detenerme». No se oía sino el rumor de la lluvia. De modo que se incorporó y trató de buscar el muro de la portezuela verde como si la hubiera visto en un sueño.