La krakatita
La krakatita Después se dispuso de nuevo a curiosear por el laboratorio. Le recordaba un poco a una perfumería recién instalada (estaba demasiado ordenada), pero bastó con echar mano a esto y aquello para que todo estuviera desperdigado a su gusto: así, ahora tenía una atmósfera más íntima. En medio del más febril de los trabajos se detuvo desconcertado: «¡Ahá!», se dijo. «¡Con esto pretenden que caiga en su trampa! Dentro de un rato vendrá Carson y empezará a runrunear: será usted a big man, y tal y cual».
Se sentó malhumorado en el catre y esperó. Cuando vio que no venía nadie, se acercó como un ladrón a la mesa y jugueteó de nuevo con la sal de bario. «Al fin y al cabo ésta será la última vez que venga por aquí», se tranquilizó a sí mismo. El experimento salió perfecto: explotó emitiendo una larga llama y la campana de vidrio de la balanza de precisión reventó. «Me va a caer una buena», el corazón le dio un vuelco por el sentimiento de culpabilidad cuando vio el alcance de los desperfectos, y se marchó a hurtadillas del laboratorio como un colegial que ha roto un cristal. Fuera estaba ya anocheciendo y lloviznaba. Diez pasos más allá del edificio se encontraba la patrulla militar.