La krakatita

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Más o menos a media noche, alguien demolió la balaustrada de la terraza del parque y arrojó piedras de diez kilos a la guardia que pasaba por debajo, a una profundidad de diez metros. Un soldado disparó, ante lo cual vomitaron desde lo alto un montón de insultos de carácter político, y se hizo el silencio. En aquel instante llegó de Dikkeln la caballería que había sido requerida; al mismo tiempo, toda la guarnición balttiniana ensartaba la maleza con sus bayonetas. En palacio hacía tiempo que nadie dormía. A la una encontraron en la cancha de tenis a un soldado inconsciente y sin fusil. Poco después comenzó un tiroteo breve, pero intenso, en el bosquecillo de abedules; gracias a dios nadie resultó herido. El señor Carson, cariacontecido, mandó a casa a la princesa Wille, quien temblando, seguramente por el frío de la noche, se había aventurado, dios sabe por qué, al campo de batalla; pero la princesa, con los ojos desencajados de un modo extraño, pidió que tuviera la amabilidad de disculparla. El señor Carson se encogió de hombros y la dejó con sus locuras.

Aunque en palacio había una marabunta de gente, alguien salido de los matorrales se puso a golpear metódicamente las ventanas de palacio. Se produjo un revuelo, ya que al mismo tiempo sonaron dos o tres disparos de fusil en la carretera. El señor Carson parecía estar tremendamente alarmado.


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