La krakatita
La krakatita Después del alba encontraron a Prokop profundamente dormido en una tumbona del pabellón japonés. Estaba increíblemente rasguñado y embarrado, y el traje le colgaba hecho jirones; en la frente tenía un chichón del tamaño de un puño y el pelo lleno de pegotes de sangre. El señor Carson meneó la cabeza al ver al héroe de la noche durmiendo. Después se aproximó el señor Paul y cubrió cuidadosamente al durmiente, que no paraba de roncar, con una cálida manta; luego trajo también una jofaina con agua y una toalla, ropa limpia y un flamante traje deportivo del señor Drehbein, y se marchó de puntillas.
Tan sólo dos hombres vestidos de civil, discretos, con revólveres en el bolsillo trasero, se pasearon hasta la mañana por los alrededores del pabellón japonés con el rostro desenfadado del que contempla la salida del sol.