La krakatita

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Se tendió en el catre, molido de cansancio. Soñó que veía un cartel con el rótulo «Powderita, el mejor maquillaje explosivo para la piel»; en el cartel estaba dibujada la princesa, que le sacaba la lengua. Quiso apartarse, pero del cartel salieron dos brazos morenos desnudos que, como una medusa, lo arrastraban hacia él. Entonces sacó del bolsillo un machete y los cortó como un salchichón. Después se horrorizó de haber cometido un asesinato y huyó por una calle en la que había vivido hace años. Había allí parado un coche traqueteante, y se metió dentro de un salto, gritando: «¡Arranque, rápido!». El coche se puso en marcha, y fue entonces cuando se dio cuenta de que al volante estaba sentada la princesa, con un casco de cuero en la cabeza que nunca le había visto puesto. En una curva del camino alguien se interpuso ante el coche, obviamente para que se detuviera; un grito inhumano, la rueda pasó por encima de algo blando dando un bote, y Prokop se despertó.

Palpó que tenía fiebre, de modo que se levantó y buscó por el laboratorio algo con efectos curativos. No encontró nada más que alcohol puro; pegó un buen lingotazo, se quemó la boca y la garganta y fue de nuevo a tumbarse con la cabeza dándole vueltas. Soñó un poco más con fórmulas, flores, Anči y el confuso viaje en tren; después todo se desvaneció en un profundo letargo.


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