La krakatita

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La princesa abrió los ojos; los abrió de par en par y se desenmarañó con brusquedad de sus brazos. Estaban de pie a dos pasos de la avenida principal. Recorrió su rostro con la palma de las manos como aquél que despierta de un sueño; ella se apartó insegura y apoyó la frente en el tronco de un roble. Apenas la dejó escapar de sus zarpas, a Prokop se le encogió el corazón con dudas nauseabundas, humillantes: «Soy, cristo, soy para ella un siervo con el que… está claro… da rienda suelta a su pasión, por diversión, en… en… en un momento de locura, en el que… en el que se apoderó de ella la soledad. Ahora me dará la patada, como a un perro, para en otro momento, de nuevo… algún otro…». Se acercó a ella y, con brutalidad, puso su manaza sobre el hombro de la princesa. Ella se dio la vuelta con mansedumbre, con una sonrisa tímida, casi temerosa y servil.

—No, no —empezó a susurrar con las manos entrelazadas—, por favor, ya no…

A Prokop se le partió el corazón por un súbito exceso de ternura.

—¿Cuándo —murmuró—, cuándo volveré a verla?

—Mañana, mañana —susurró angustiada, y retrocedió hacia palacio—. Tenemos que irnos. Aquí no es posible…

—Mañana, ¿dónde? —insistió Prokop.


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