La krakatita

La krakatita

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A Prokop le daba vueltas la cabeza, le costó dar unos cuantos pasos. La princesa lo cogió del brazo (¡estás loca!, ¿qué pasaría si alguien…?), lo arrastraba, pero las piernas le fallaban; clavaba los dedos en su brazo, parecía que tenía ganas de lastimarlo, siseaba, fruncía el ceño, sus ojos se hundieron en la oscuridad. Y, de repente, con un ronco gemido, voló al cuello de Prokop, hasta el punto de que éste se tambaleó, y buscó su boca. Prokop la trituraba con los brazos y los dientes; un largo abrazo sin aliento, y el cuerpo, tenso como un arco, desfalleció, se desplomó, cayó blando e impotente. La princesa descansaba sobre el pecho de Prokop con los ojos cerrados y balbuceaba dulces sílabas sin sentido, dejaba que le asolaran el rostro y el cuello con besos arrebatados y los devolvía, ebria y como sin ser consciente de sí misma: en el pelo, en la oreja, en los hombros, embriagada, dócil, al borde del desfallecimiento, infinitamente tierna, sumisa como una muñeca de trapo y quizás, dios, quizás, en aquel instante, dichosa por una felicidad inenarrable e indefensa. ¡Oh, dios, qué sonrisa, qué temblorosa y hermosísima sonrisa en unos labios silenciosamente absorbentes!





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