La krakatita
La krakatita La congregación del ala de caballeros estaba sentada, tras acabar de cenar, frente a un café solo, cuando entró Prokop, buscando directamente a la princesa con la mirada; ya no podía soportar la tortura de la duda, que lo consumía. La princesa palideció, pero el jovial tío Rohn en seguida se dirigió a Prokop y lo felicitó por el excelente resultado, etc., etc. Incluso el arrogante Suwalski preguntaba con interés si era verdad que el caballero podía convertir cualquier cosa en un explosivo. «Pongamos, por ejemplo, azúcar corriente», repetía sin parar, y se quedó atónito cuando Prokop farfulló que se disparaba con azúcar hacía ya tiempo, durante la Gran Guerra. Durante algún tiempo Prokop fue el centro de atención; pero tartamudeaba, soslayaba todas las preguntas y, por dios, era incapaz de comprender las miradas alentadoras de la princesa: sólo las cazaba al vuelo con los ojos inyectados en sangre y terrorífica atención. La princesa estaba como sobre ascuas.