La krakatita

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Por la tarde Prokop inició su larga espera en el pabellón japonés. Hasta las cuatro creció en él una esperanza impaciente, anhelante: «Ahora, ahora, en cualquier momento tiene que estar al llegar la princesita». A las cuatro ya no aguantaba más sentado; recorría el pabellón como un jaguar en su jaula, estaba dispuesto a abrazar las rodillas de la princesa, tiritaba de entusiasmo y de miedo. El señor Holz se retiró discretamente a los matorrales. Hacia las cinco comenzó a apoderarse de nuestro caballero la abominable opresión del desencanto; sin embargo, en ese momento se le ocurrió: «Quizás venga ya cuando haya oscurecido; es comprensible, ¡cuando haya oscurecido!». Sonreía y susurraba palabras tiernas. Tras el palacio se ponía el sol, en medio del oro del otoño; los árboles, ralos, se silueteaban afilados e inmóviles, se oía incluso el crujido de un escarabajo en el follaje caído. Y, antes de que pudiera darse cuenta, se suavizó la luminosa hora del dorado atardecer. En el verdoso firmamento comenzó a chispear el lucero; he ahí el toque de oración del cosmos. La tierra se sumió en la penumbra bajo el pálido cielo. Un murciélago zigzagueaba sinuosamente. En algún lugar, más allá del parque, se oía el umbrío tintineo de las esquilas del ganado; eran las vacas, que regresaban oliendo a leche tibia. En palacio una o dos ventanas fueron atravesadas por la luz. ¿Cómo? ¿Ya había oscurecido? «Estrellas del firmamento ¿acaso os ha contemplado en pocas ocasiones este hombre atónito entre el tomillo? ¿Acaso se ha dirigido a vosotras en pocas ocasiones el hombre? ¿Acaso ha sufrido y esperado en pocas ocasiones? ¿Y acaso no ha sollozado alguna vez bajo su cruz?».


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