La krakatita

La krakatita

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El señor Holz salió de la oscuridad.

—¿Podemos irnos?

—No.

«Apurar, apurar hasta la mañana mi humillación; porque, sí, es seguro que no va a venir. Que así sea. Pero ahora es necesario apurar una amargura en cuyo fondo se encuentra la certeza; atiborrarse de dolor; apilar, amontonar el sufrimiento y la vergüenza para retorcerse como un gusano y embrutecerse del dolor. Temblaste de alegría; entrégate ahora al dolor, porque él es el narcótico del que pena. Es de noche, ya es de noche; y ella no va a venir».

Una tremenda alegría atravesó el corazón de Prokop: «Ella sabe que la estoy esperando aquí (o debería saberlo); saldrá a hurtadillas por la noche, cuando todos estén durmiendo, y volará hacia mí con los brazos abiertos y los labios llenos de la savia de los besos; apretaré mis labios contra los suyos y no diremos ni una palabra mientras bebemos de nuestras bocas una confesión inefable. Y ella vendrá, pálida, a oscuras, temblando por el gélido sobrecogimiento de la alegría, y me entregará sus amargos labios; y ella saldrá de la más oscura noche…». En palacio apagaban las luces.


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