La krakatita
La krakatita El señor Holz estaba plantado justo delante del pabellón con las manos en los bolsillos. Su fatigada silueta decía: «Ya ha sido suficiente». Pero aquél que en el pabellón, con una sonrisa de locura y odio, pisoteaba la última chispa de esperanza alargaba el tiempo durante unos cuantos minutos de desesperación más; porque el último minuto de espera significaría el Fin de Todo.
En la lejana ciudad sonaron las campanadas de media noche. Es decir, el fin de todo. A través del parque, Prokop se apresuró a casa; dios sabe por qué tenía ahora tanta prisa. Corría cabizbajo, y, cinco pasos por detrás de él, trotaba, bostezando, el señor Holz.