La krakatita
La krakatita Un aguijón de hielo se solidificó en el pecho de Prokop. Ese vacío, eso era el fin. Incluso si se abriera la puerta y apareciera ella, diría: fin. «Amor mío, amor mío», la oía susurrar Prokop antes de prorrumpir desesperado: «¿Por qué me ha humillado así? Si fuera usted una doncella, le perdonaría su altivez; pero a una princesa no se le perdona. ¿Me oye? ¡Es el fin, el fin!».
El señor Paul empujó la puerta.
—¿Desea algo el señor?
Prokop se asustó; ciertamente había gritado las últimas palabras:
—No, Paul. ¿No tiene para mí alguna carta?
El señor Paul meneó la cabeza en señal de negación.
El día se espesó como una aborrecible tela de araña; ya era de noche. En el pasillo susurraban unas voces; el señor Paul arrastró los pies hasta Prokop con alegre premura:
—La carta, aquí está la carta —susurró triunfante—, ¿enciendo la luz?