La krakatita
La krakatita Acudió el señor Krafft, probablemente alarmado por Paul, que intentó por todos los medios tranquilizar o distraer a aquel hombre consumido por la angustia. Prokop ordenó que le trajeran whisky, bebió e impostó alegría; Krafft sorbía un refresco y le daba la razón en todo, aunque fueran asuntos totalmente inconciliables con su pelirrojo idealismo. Prokop maldecía, blasfemaba, se revolcaba en expresiones brutales y de lo más viles, como si sintiera satisfacción al mancillar todo, escupir, pisotear, profanar. Vomitaba losas de imprecaciones y atrocidades, rebosaba obscenidades, prácticamente arrancaba las entrañas a las mujeres y las agasajaba con las más horribles palabras que se puedan pronunciar. El señor Krafft, sudando de espanto, daba la razón en silencio al furibundo genio. Pero incluso Prokop agotó su vehemencia, se quedó sin palabras, se entristeció y bebió hasta que tuvo suficiente; después se tumbó vestido en la cama, bamboleándose como un barco, y contempló con ojos desorbitados la turbulenta oscuridad.
Por la mañana despertó descompuesto y con náuseas, y se trasladó definitivamente al laboratorio. No hacía nada, tan sólo deambulaba por la habitación y daba patadas a una esponja. Después tuvo una idea: mezcló un explosivo potente e inestable y lo envió a dirección con la esperanza de que se produjera una buena catástrofe. No ocurrió nada; Prokop se dejó caer en el catre y durmió treinta y seis horas ininterrumpidamente.