La krakatita
La krakatita Se despertó como si fuera otra persona: frío como el hielo, lúcido, insensible; en cierto modo le era mortalmente indiferente lo que había ocurrido. Comenzó a trabajar de nuevo, obstinada y metódicamente, en las explosiones producidas por la descomposición de átomos; dedujo teóricamente un nivel de potencia explosiva tan espeluznante que se le ponía la piel de gallina ante lo asombroso de las fuerzas entre las que vivimos.
En cierta ocasión, en medio de sus cálculos, se sintió abrumado por una ligera inquietud. «Estoy algo cansado», se dijo, y salió a tomar un rato el aire, sin sombrero. Sin darse cuenta, se dirigió a palacio; corrió mecánicamente escaleras arriba y caminó por el pasillo hacia sus antiguos aposentos «de caballero». Paul no estaba en la silla de costumbre. Prokop pasó al interior. Todo estaba como lo había dejado; pero en el aire flotaba el familiar, penetrante aroma de la princesa. «Tonterías», se dijo, «será la sugestión; he inhalado durante demasiado tiempo los olores acres del laboratorio». Y sin embargo la situación lo irritaba de un modo torturante.
Se sentó un rato y se quedó extrañado: qué lejos parecía ya todo aquello. Reinaba el silencio, el silencio vespertino de palacio. ¿Acaso había cambiado algo? Escuchó pasos amortiguados en el pasillo; quizás fuera Paul. Salió. Era la princesa.