La krakatita

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La sorpresa y un sentimiento cercano al pánico la arrojaron contra la pared. Ahora estaba allí, de pie, lívida, con los ojos fuera de las órbitas, la boca torcida como en una oleada de dolor, hasta el punto de que se podía ver la carne coralina de sus encías. ¿Qué estaba buscando en el ala de invitados? «Seguramente va al cuarto de Suwalski», se le ocurrió a Prokop de golpe, y algo se desgarró en su interior. Dio un paso, como si se quisiera abalanzar sobre ella, pero no hizo sino emitir un bramido gutural y huir al exterior. «¿Eran esas las manos que se habían acercado a él? ¡No puedes mirar atrás! ¡Fuera, fuera de aquí!».

Ya lejos de palacio, en el terreno baldío del campo de tiro, Prokop hundió su rostro en la arcilla y la piedra. Y es que sólo una cosa es peor que el dolor de la humillación: el tormento del odio. Diez pasos más allá estaba sentado, serio y concentrado, el señor Holz.

La noche que vino a continuación fue asfixiante y angustiosa, excepcionalmente negra; se preparaba una tormenta. En esos momentos la gente está extrañamente irritable y es incapaz de decidir en modo alguno su destino, ya que es una hora aciaga.



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